Blogia
L a P e d r @ d a

La pérdida de derechos y sus justificaciones (I)

La pérdida de derechos y sus justificaciones (I) Juan Ariza Martín
Rebelión

-El cambio permanente en las relaciones laborales

El mundo del trabajo vive una continua transformación. Desde todos los ámbitos se acometen cambios y reformas que transforman las relaciones laborales. Para unos, las reformas mejoran la eficiencia de los mercados laborales, para otros se trata de recortes y pérdidas de derechos. Lo cierto es que el trabajo, igual que el resto de las actividades humanas, se ve afectado por el inmenso cambio que se está produciendo y que se ha dado en llamar globalización.

Un complejo entramado de procesos que se relacionan mutuamente trastoca permanentemente las relaciones entre el trabajo y el capital haciendo que aquel pierda cada vez más fuerza respecto a este. Nos referimos a los cambios en la legislación laboral que han modificado la contratación, el despido, las cotizaciones sociales, el desempleo, la jubilación, la negociación colectiva, etc.; las nuevas formas de organización empresarial con el uso sistemático de la segmentación de plantillas y la externalización de actividades productivas hacia filiales y contratas; la preponderancia de la economía financiera sobre la productiva que hace que todo el que no se atenga a las recetas e intereses de esos centros de poder financiero sufra el inmediato castigo económico en forma de asfixia financiera; la creciente libertad de movimiento internacional de capitales que contrasta con las cada vez mayores trabas al movimiento de personas, las privatizaciones de empresas públicas y debilitamiento del sector público; las desregulaciones de mercados; el traspaso de poder desde instancias públicas a privadas, de manera que las políticas económicas públicas como la monetaria, la fiscal o la de tipos de cambio han quedado a merced de las grandes corporaciones financieras y prisioneras de los movimientos de capitales; la desorganización y corrupción sindical; la asunción de los valores y comportamientos de la economía capitalista por los propios trabajadores; el amarre al trabajo con la cadena del consumo y los salarios reales insuficientes, lo que posibilita que la jornada de trabajo ocupe un mayor espacio en la vida de las personas.

Las reformas se insertan en un discurso ideológico que las justifica. Y esa opción ideológica se presenta como la única científicamente fundamentada. Lo que es una opción concreta respecto a la concepción del ser humano y de sus comportamientos y relaciones y que justifica unas determinadas relaciones sociales e institucionales, que depende de las preferencias sociales de cada momento y de cuales de ellas se impongan, se presenta como la única técnicamente viable. De manera que se usurpa a la sociedad la capacidad de decidir qué tipo de relaciones económicas desea, dejando esa potestad en manos de supuestos técnicos imparciales. Podríamos decir que se trata del nuevo despotismo ilustrado de los entendidos en la "única" economía.

Centrándonos en el trabajo, todos esos procesos apuntados inciden en el trato que se le da al paro, al empleo, a la legislación laboral, a las prestaciones sociales, etc. De todas formas cuando se habla del "trabajo" estamos haciendo una generalización que esconde una gran variedad de relaciones laborales diferentes. Trabajo es lo que hace una persona con empleo fijo, buen salario, jornada laboral decente y ritmos de trabajo moderados; y a la vez trabajo es también, por ejemplo, una persona que tiene jornadas interminables, salario mísero, con relación laboral ilegal y temporalidad absoluta. Y entre esos dos extremos todo una gama de situaciones diferentes y cambiantes. Evidentemente, los problemas a los que se enfrentan las personas que ocupan cada tipo de empleo son diferentes y diferentes son también sus preocupaciones.

Pero podemos ver, y es lo que pretendemos mostrar en estas páginas, que la evolución actual es siempre ir desde las formas mejores hacía las peores. Es decir, lo que podríamos llamar " empleo bueno" va perdiendo peso respecto al "empleo malo". Se configura así un abanico de formas diferentes de relaciones laborales donde la parte "de calidad " va quedando cada vez más delgada y la parte "precaria" más gruesa. Y no faltan las lógicas estridencias entre esas formas diferentes de empleo(1) que contribuyen a difuminar los rasgos comunes del trabajo y a resquebrajar todavía más, la ya de por sí endeble, conciencia de trabajador, la tan denostada conciencia de clase.

-La parcialidad de los datos y el uso sesgado que se hace de ellos.

Pero si compleja se nos presenta esa situación del "trabajo" con la multiplicidad de formas diferentes de manifestarse que tiene, aún más se oscurece la cuestión si los datos que manejamos y que dependen en gran medida de las estadísticas oficiales dejan en penumbra aspectos importantes y solo se centran en las cuestiones cuantitativas del empleo favorables, dejando lo relativo al tipo de empleo y a su calidad en un segundo plano. El manejo de las estadísticas oficiales(2) y su publicación sesgada en los medios de comunicación se ha convertido en unos de las habituales técnicas para que se presente como "realidad" lo que más convenga(3) en cada momento y justificar así las políticas económicas y las reformas, pasadas y futuras, que desde el poder se diseñan.

-La precariedad laboral.

Una de esas grandes zonas oscuras es todo lo que se refiere al trabajo realizado al margen e invisible: fuera de jornada pagado con dinero negro, sin relación laboral legal alguna, el de los inmigrantes, el realizado a destajo pagándose fuera de nómina, el hecho a domicilio, y no digamos nada del trabajo infantil existente todavía en mucho países y que viene luego incorporado en muchas importaciones que consumimos en los países "enriquecidos". Esta zona de penumbra estadística es pocas veces utilizada para, siquiera sea, matizar la habitual euforia que se muestra al presentar las cifras de las políticas gubernamentales.

Y no pensemos que ese trabajo invisible es exclusivo de unas determinadas empresas casi mafiosas. No, el trabajo precario y al margen se va generalizando de manera que llega a todo el mercado laboral. Así, por ejemplo, en la Administración ha entrado este tipo de trabajo con la creciente tendencia a la externalización de actividades, encomendándole a empresas privadas, fundaciones, contratas y ONG's la realización de las funciones que debería prestar con personal propio. Lo mismo podríamos decir de las grandes empresas que han puesto de moda todo un entramado de filiales, contratas y franquicias, convirtiendo la relación laboral en una infinita escalera de contrataciones y subcontrataciones que empobrecen la calidad del trabajo y que lo mantienen, en una proporción bastante importante, fuera de los cauces formales de las relaciones laborales. Ni que decir tiene que este fenómeno se agranda, aún más, en la pequeña empresa, los autónomos y, en general, en toda la economía sumergida(4). En el furgón de cola del trabajo precario entran los inmigrantes y todos los colectivos que sufren algún tipo de exclusión.

Al margen queda también todo el trabajo doméstico basado en las relaciones afectivas. Este trabajo desarrollado, habitualmente, por las mujeres(5) y que implica una doble jornada para ellas, no tiene un reflejo en las cifras del "empleo" y por tanto tampoco es contabilizado a la hora de medir jornadas, descansos, salarios y penalidad. Paradójicamente esa doble jornada se solventa en las familias de ingresos medios o altos con la contratación de otras personas, mayormente mujeres, a las que se somete también a unas relaciones laborales absolutamente precarias e informales(6). Podríamos decir que se trata de una suerte de externalización y deterioro del empleo caseros.

En general, las cifras que se utilizan para mostrar la "realidad" del empleo suelen hacer hincapié en los aspectos cuantitativos. Es decir, toda la información que pudiera mostrar la " calidad" del empleo queda relegada, tanto las mediciones que pudieran desvelar qué condiciones tiene el empleo que se destruye y cuales tiene el que se crea o la relativa a la rotación que hay en el empleo temporal, por citar sólo dos ejemplos. En fin, lo que se produce es que la descripción concienzuda de la precariedad del empleo queda detrás de las cifras grandilocuentes del paro y del empleo que se publican en los medios. Es habitual escuchar las cifras de máximos históricos que está alcanzando la afiliación a la Seguridad Social, o los mínimos de las cifras de parados registrados en el INEM, o la buena evolución del paro y de los nuevos puestos de trabajo que nos informa la EPA. Pero detrás del optimismo de los titulares de prensa se esconden otras realidades. Hay un continuo maquillaje de las cifras y de los métodos(7) de realizar los cómputos que afectan al trabajo.

Estamos asistiendo a una mutación cualitativa del empleo que afecta a las condiciones en las que se trabaja, al grado de formalización jurídica e institucional de las relaciones laborales, a la capacidad que el trabajo tiene para proporcionar satisfacción y bienestar a las personas y a contribuir a su realización personal. Y no estamos hablando de cosas abstractas, cuando hablamos de calidad del empleo nos estamos refiriendo a cuestiones tan concretas como la estabilidad en el empleo, el salario, la jornada, la incertidumbre, los ritmos de trabajo, las garantías frente al despido, las coberturas sociales, etc.

El fenómeno de la segmentación(8) del mercado laboral refleja bien esa precariedad laboral. Por ejemplo, en el año 2000 se firmaron 13,5 millones de contratos en España, lo que nos da una idea del entramado de contrataciones temporales que padecemos. En el empleo se conforman dos grupos, aquellos trabajadores con empleo fijo y buenas condiciones y los que tienen trabajo temporal. La rotación entre desempleo y empleo la realizan los trabajadores que provienen del empleo temporal, mientras que los trabajadores que vienen del empleo fijo y pasan al paro suelen tener muchas dificultades para salir de este. Además cuando se sale del paro es para un empleo temporal y pocas veces para uno fijo. En el año 2000 el 90 % de las salidas del paro fueron dirigidas al empleo temporal(9), salidas que en una proporción elevada se convierten de nuevo en entradas en el desempleo en un corto periodo de tiempo, lo cual da idea de la alta rotación en el empleo. Todo ello al tiempo que la proporción y las cifras absolutas de empleos temporales no dejan de crecer. El empleo atípico, o sea el no indefinido, ha pasado de representar en 1987 algo más del 15 % a superar el 31 % en el año 2000.

Hay que recordar que en España hay una tasa de temporalidad en el empleo que triplica la media de la Unión Europea (31,2 % frente al 11,1 %). En la Unión Europea más del 30 % de los empleos temporales transcurrido un año se conservan todavía. En España y en EEUU ese porcentaje no llega ni siquiera al 20 %. Y otro dato digno de mención es que el análisis de los datos del empleo a tiempo parcial se deduce que este empleo lejos de ser un reflejo del deseable acomodo entre otras actividades y el trabajo es usado como empleo a tiempo completo camuflado.

Cuando desde la economía oficial se analiza este asunto y las negativas consecuencias que esa segmentación del mercado laboral tiene se proponen unas curiosas soluciones. Se afirma que los ajustes en el mercado laboral fruto de los vaivenes económicos que sufren las empresas se han realizado en la contratación y despido de empleo temporal porque el empleo fijo está excesivamente protegido frente al despido, tanto por las causas legales del despido como por las indemnizaciones correspondientes, y además que esos ajustes no se pueden hacer por la vía de los salarios por la protección que estos también tienen, dada la legitimidad legal de la negociación colectiva. Como corolario a ese razonamiento tenemos la persistente reivindicación patronal de que se amplíen las causas de despido, se reduzcan las indemnizaciones y se debilite la negociación colectiva y sus efectos sobre la obligatoriedad de los salarios y demás condiciones pactadas en la misma.

O sea, que frente a la dualidad en el mercado laboral la propuesta que se nos hace es que todos pasemos a ser precarios. En los tiempos que corren cada vez es mayor el número de personas que para dotarse de unos medios de vida elementales han de buscar el trabajo en las diferentes formas atípicas de empleo desorganizado, inestable, arriesgado e insatisfactorio. Menos seguridad(10), más dependencia, más incertidumbre y todo ello en una sociedad donde la capacidad de compra no sólo es la condición necesaria para subsistir sino también para consumir y que el consumo creciente y el éxito económico son la llave de la "felicidad ". De modo que el trabajo pierde calidad desde todos los puntos de vista: pierde fuerza como capacidad para poder "comprar" y también pierde fuerza como suministrador de satisfacción, de potenciar las relaciones humanas y de socialización. Difícilmente se puede hablar de satisfacción personal y realización cuando la actividad profesional se desarrolla en condiciones precarias y de creciente inseguridad e incertidumbre.

Un terreno donde esa precariedad se muestra descarnadamente es en el número de accidentes de trabajo. Los accidentes son mucho más numerosos en los empleos precarios(11) y además, dentro de estos, afectan en mayor medida a los jóvenes.

Esa degeneración junto a la dualidad o segmentación antes citada, ayuda a la quiebra del sentimiento de pertenencia a la clase trabajadora. La disparidad es tan grande que los intereses y preocupaciones de unos poco tiene que ver con los de los otros. A todo ello se suma la penosa actividad sindical oficial. Los sindicatos se han convertido en inmensas máquinas que solo sirven para dar legitimidad, con su anuencia o con su firme defensa, a muchas de las reformas laborales que recortan los derechos laborales de forma permanente. Con la financiación casi exclusiva de los fondos públicos, con miles de liberados profesionales del sindicalismo, estas organizaciones son empresas que llevan una variedad de actividades que dan empleo a toda una red de allegados y meras gestorías de los intereses individuales de los pocos afiliados que tienen, casi todos ellos del segmento del empleo "bueno". Esos intereses particulares poco tienen que ver, la mayoría de las veces, con la defensa de bienes públicos como el buen empleo generalizado. Corrupción, nepotismo y desorientación son rasgos bien definidos de estas organizaciones.

-La debilidad del trabajo y la asunción del pensamiento único.

La precariedad laboral es a la vez efecto y causa de la debilidad del trabajo frente al capital. Buena parte de la responsabilidad de esta situación reside en la asunción por parte de los trabajadores y de las supuestas organizaciones de "izquierda" del discurso político y económico dominante. Las diferencias de la izquierda y la derecha han quedado reducidas a cuestiones técnicas pero no al cuestionamiento del fondo de dicho discurso. El máximo beneficio individual, la competencia entre todos y en todos los ámbitos de la vida, la búsqueda del éxito, de todo tipo, a costa de cualquier cosa, la única preocupación por lo individual pero nunca por lo colectivo, el desprecio del apoyo mutuo y la cooperación frente al "sálvese quien pueda", el consumo sin fin como sinónimo de felicidad y bienestar, el predominio del ahorro privado frente al público, la delegación política en los cauces de la democracia formal frente a la participación directa y diaria en los asuntos públicos, entre otros, podrían ser algunos de los rasgos de ese discurso.

Dentro de ese pensamiento, llamado "único", el factor trabajo está medido, exclusivamente, en función de la capacidad de generación monetaria. No tiene cualidades, es valorado más o menos con arreglo a la producción monetaria que proporciona. De ahí que se produzca una especie de ley del embudo en la que se cumple que mientras más penoso es un trabajo peor pagado está. Los pesares y disgustos que un trabajo pueda proporcionar no se miden en la economía oficial. Todo viene de la aplicación del principio del máximo beneficio de la empresa que no sólo no se considera perjudicial sino que se le identifica como el gran motor del bienestar colectivo. El trabajo se contrata hasta aquel punto que hace máximo el beneficio, ni más ni menos, en ese punto se determinará un salario concreto al mezclarse la demanda de mano de obra de la empresa con la oferta de trabajo de las personas en el mercado laboral. Como quiera que la gente que normalmente ha de hacer los trabajos penosos es la que menos posibilidad de elegir tiene dada su menor cualificación, debe aceptar esos salarios más bajos en ese, supuestamente racional, voluntario y libre, mercado laboral.

El crecimiento económico está elevado a dogma incuestionable y para ello se necesita que el factor trabajo se utilice al máximo, pero paradójicamente a la vez que se demanda que las tasas de ocupación crezcan, la generación de "escasez" de trabajo no cesa. Sin embargo la escasez de trabajo se justifica porque, se dice, los mercados laborales no son tan eficientes como deberían, por ello son necesarias las reformas laborales en dichos mercados para conseguir que el volumen de empleo intercambiado en ellos crezca y aumente la tasa de ocupación. Ese es uno de los puntales del crecimiento económico continuo. O sea, en otras palabras, reformas para flexibilizar el empleo y de esa manera, con ese tipo de empleo, más rentable para el capital, hacer que trabaje más gente y más tiempo. Máxima flexibilidad, máxima movilidad, mínima protección social, mínimas cotizaciones sociales, entre otras, son las consecuencias de esos planteamientos.

Se da la paradoja de que en las sociedades del norte rico en las que vivimos, con todo el desarrollo técnico al que se ha llegado, se trabaja hoy más que en otras épocas de la historia. El trabajo ocupa cada vez más una mayor fracción del tiempo de las personas. Muchas actividades que estaban fuera de la órbita del trabajo remunerado han salido de ahí para entrar en el mercado. Se trabaja más porque hay más cosas que pagar. A medida que se trabaja más se comprime el tiempo de ocio para disfrutar del fruto de ese trabajo. Podríamos decir que el supuesto disfrute del bienestar que nos reporta ese aumento del trabajo está encapsulado en los breves períodos de tiempo libre, que a su vez, son disfrutados en actividades de consumo en el mercado, de nuevo. Todo el conjunto conforma un tipo de vida con unos niveles de despilfarro, de abuso en el consumo de recursos no renovables, de movilidad, de residuos, de reparto internacional de la riqueza, absolutamente injustos, depredadores e insostenibles. ¿Pero quién le pone el cascabel al gato, desde la "izquierda", de cuestionar los sacrosantos símbolos de felicidad de esta sociedad? Puede venir por ahí la explicación de la dificultad de conciliar las diferentes formas de electoralismo y un discurso alternativo coherente.

Por ejemplo, no se puede legitimar el uso de los planes de pensiones y los productos financieros modernos y a la vez defender la condonación de la deuda externa del tercer mundo. El rigor en el pago de ésta y la fiabilidad de su devolución son las garantías de la viabilidad de aquellos. El sistema financiero, para garantizar la rentabilidad y la seguridad al ciudadano ahorrador del norte, necesita el rigor y la vigilancia en los países del sur. O en otro terreno, el nivel de consumo de recursos naturales del primer mundo requiere un control sobre los mismos, de manera que el control político, de la forma que sea necesaria, ha de estar asegurado. Lo mismo podríamos decir con la capacidad de emisión de residuos que tiene el planeta y del reparto de la cuota de contaminación que tendría cada cual.

Es decir, el modelo económico y político que domina el mundo tiene una perfecta sintonía con muchas de las pautas de comportamiento que las poblaciones del mundo enriquecido del norte tienen. La irracionalidad del sistema económico deja fuera de sus cálculos muchos aspectos de la vida. Desde los relativos a los ecosistemas donde esa vida se desarrolla hasta las cualidades más admirables del ser humano quedan supeditadas a la autonomía de los valores monetarios. El crecimiento económico continuo, la producción, la riqueza y el trabajo son conceptos que están definidos dentro de ese sistema económico y que hay que cuestionarse y poner bajo la crítica si queremos elaborar pensamientos diferentes a los que dominan la política y la economía actuales. Muchos de los aspectos negativos que se observan parcialmente, en el empleo, en el medio ambiente, en las relaciones norte sur, en la dominación políticas de unas zonas del planeta por otras, en las desigualdades, en el trato discriminatorio de la inmigración, etc. son hijos de las incongruencias de esos pensamientos dominantes.

Esas formas de entender la vida, la economía y la política tienen sus beneficiarios y sus perjudicados. Y es cierto que a veces, aquí en el norte, ambas condiciones coinciden en las mismas personas, lo cual contribuye a este galimatías ideológico que padecemos. Pero no es menos cierto que en millones de personas sólo se da la condición de perjudicado.

__________________

-Notas

1.-Valgan algunos ejemplos: el típico enfrentamiento salarial entre los trabajadores que a su vez tienen empleadas de hogar. O la relación conflictiva entre los trabajadores de las empresas matrices y los de las contratas, recuérdese el episodio vivido en la Planta de Repsol de Puertollano, tras el trágico accidente que le costó la vida a 7 personas, donde los trabajadores de las contratas denunciaban las pésimas condiciones de trabajo que tenían en un medio laboral tan peligroso y que no sufrían los pocos trabajadores de la empresa matriz. Podríamos poner decenas de ejemplos como estos.

2.-* En España se ha sustituido recientemente la Encuesta de Prepuestos Familiares por la llamada Encuesta Continua de Presupuestos Familiares que al decir de algunos especialistas muestra menor capacidad para mostrar aspectos tan importantes como la desigualdad de renta entre los hogares españoles.

* Otro ejemplo de esto, fue el cambio metodológico introducido en 1999 en la Encuesta de Población Activa. El mero cambio del concepto de desempleo ha supuesto que este disminuya un 2,5 %. Según algunos estudios sobre los efectos de las reformas laborales del 97, ese cambio impide saber que efecto ha tenido la reforma en el tipo de empleo ya que el INE no ha publicado el desglose de los diferentes efectos que han quedado escondidos detrás.

*El cambio en el método de elaboración del IPC ha coincidido justamente con la introducción del euro. En enero del 2002 empezaba el euro y comenzaba a utilizarse el nuevo IPC de base 2001. Ese cambio ha supuesto, tanto por el método nuevo como por los conceptos que ahora entran y antes no lo hacían (las rebajas y las ofertas por ejemplo) un cambio a la baja de los precios. Aunque si se mira detenidamente se pueden sacar las equivalencias correspondientes, lo habitual en los medios de comunicación y en el uso de esa referencia es que se compare sin más. De manera que la subida de precios debida al redondeo en el cambio de pesetas a euros y que se sufre más en la compra al por menor, donde los hogares de menor renta gastan una mayor proporción de sus ingresos, ha quedado solapada bajo el nuevo IPC.

3.-Sirva de ejemplo la forma de presentar los datos de la Encuesta Continua de Presupuestos Familiares del primer trimestre del 2003 en una reciente nota de prensa: afirmaba que el 45,1 % de los hogares llegaban con facilidad al fin de mes, que el 11,7 % consideraban que era buen momento para realizar compras importantes y que el 36 % dedicaba algo al ahorro. O sea, el vaso medio lleno o medio vacío. La noticia se podía haber dado con las cifras contrarias, o sea, que el 55% de los hogares pasan cierta o mucha dificultad para llegar a fin de mes; que el 64 % no puede destinar nada al ahorro y que más del 88 % considera que estamos en un mal momento para comprar algo importante.

4.-El Instituto de Estudios Fiscales ha calculado que la economía sumergida española puede equivaler a casi el 21 % del PIB. De ese dato deducen algunos comentaristas que los españoles no son tan pobres como dicen los datos de la economía "normal". Concretamente la media española pasaría, con ese cómputo a suponer el 104 % de la media europea frente al actual 84 %. Curiosa interpretación esta. No es difícil imaginar el tipo de empleo que hay en esa economía sumergida, las cotizaciones sociales que en ella se producen, el pago de impuestos que genera y, por tanto, quienes son los mayores beneficiarios. La cifra no es nada desdeñable, más de la quinta parte del PIB está al margen de cualquier tributación y de cualquier obligación de tipo social.

5.-Se calcula, por ejemplo, que la mujer americana, con trabajo dentro y fuera del hogar, trabaja efectivamente una jornada semanal que supera las ochenta horas.

6.-Es este un ejemplo donde un tipo de trabajador que no quiere para sí la precariedad ni salarios bajos, que pretende tener buenas cotizaciones sociales y seguridad en el futuro aplica justamente lo contrario a otra persona trabajadora. Resulta curiosa la actitud de las organizaciones sindicales oficiales en este asunto, la mayoría de su afiliación y votantes están en el tipo de empleo que permite a su vez tener contratadas en el hogar, pero las recomendaciones a esos afiliados y votantes y las medidas para adecentar ese empleo precario brillan por su ausencia en el discurso de esas organizaciones sindicales.

7.-* Por ejemplo, la forma de medir el paro británico se ha cambiado entre 1979 y 1997 en 32 ocasiones. Cambios todos que contribuyen a que bajen las cifras oficiales de parados.

8.-Se entiende por segmentación del mercado laboral la constitución de dos grupos de trabajadores con condiciones laborales diferentes y entre los cuales no hay intercambio.

9.-Y hay que resaltar que esas cifras ya recogen el efecto de conversión de temporal a fijo que tuvieron las importantes subvenciones estatales y rebajas en las cotizaciones sociales de la reforma laboral del 97. Con un dato más reciente, podemos ver que la cosa sigue más o menos igual; en el mes de agosto del 2003, el 93,04 % de los parados que fueron contratados, lo hicieron con contrato temporal.

10.- En 1996 el 46 % de los trabajadores americanos de grandes empresas temían por su puesto de trabajo. Otro ejemplo, para el 80 % inferior de la población trabajadora americana el salario medio, una vez descontada la inflación, descendió un 18 % entre 1973 y 1995. Mientras el salario medio de la capa superior, los directivos de empresas y personal más cualificado, subió un 19 %. Y teniendo en cuanta el favorable trato fiscal de los salarios altos, con todos los vericuetos legales solo al alcance de los que se pueden permitir el "asesor" fiscal, ese salario medio habría aumentado un 66 %. Dato este que se olvida comentar cuando se alaban las excelencias del mercado laboral americano frente al europeo.

11.-Respecto a los accidentes y sus correspondientes costos, humanos y económicos, también se traslada el riesgo desde las empresas grandes hacia las pequeñas, o sea, también aquí hay un desvío de la responsabilidad al encomendar los trabajos más peligrosos a empresas contratadas que funcionan con márgenes comerciales menores y que por tanto dedican menos recursos a la formación y a la seguridad para evitar la siniestralidad. De nuevo nos puede servir el ejemplo citado de la subcontratación de Repsol en Puertollano, o la subcontratación en cadena de las obras en el sector de la construcción. Hay una relación directa entre la gestión de la gran empresa y la siniestralidad y los pocos recursos destinados a prevenirla o evitarla.

Los accidentes siempre se producen en unos tipos de oficios, no suelen caerse de los andamios los ejecutivos. Cuando alguien incide en el poco valor político y mediático que tienen estas muertes y la relación directa que hay entre ellas y el principio del "máximo beneficio", enseguida se le acusa de "demagogo".

0 comentarios

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres